Hubo heroinómanos en los ochenta que hicieron menos ruido. Porque lo del pico de Rubiales a la jugadora de la selección, más que sobreexcitarla, lo que está haciendo con la inmensa mayoría de la población española es provocarla de tal manera, que aparte de cainita, vuelve a ser clériga de manera profusa, como en siglos pretéritos. Y me explico.
Yo hace nueve meses solté dos picos parecidos a una mujer. Hoy vivimos juntos la mayoría del tiempo y aquella tarde que se hizo noche nos fregamos las entrepiernas al menos un par de veces sobre el bidé. Quiero decir que, si no me hubiera lanzado, a lo mejor hoy estaba sentado en este hotel tailandés, en vez de escribiendo esta columna, renovando la cuenta en Tinder. Porque, ¿quién no ha dado un pico como el de Rubiales, no una, sino varias veces en su vida?
No quiero entrar en política, pero si por una ley errada –dicho hasta por el PSOE que tuvo que canibalizarla– mil y pico violadores y pederastas vieron o sus penas decrecidas o directamente salieron a la calle, llama la atención la que se ha montado por el beso furtivo de un paleto, que lo que más me llama la atención es que no se le juzgue por eso, por paleto, o por corrupto, según varias noticias que en su día salieron a la luz y en las que nadie quiso profundizar, siquiera Moncloa.
Que aparte de por la suelta de violadores me gustaría preguntarle a nuestro presidente Sánchez cómo se ligó a su señora. ¿O es que antes de besarla le mandó un burofax advirtiéndola?
España, que penetra poco –o al menos no como otros países donde he residido–, antes de tocar el cielo del orgasmo empequeñece su futuro con talibanismos sin sentido que, hasta yo, puesto hasta las cejas o celebrando en una euforia deslumbrante, precisamente, el mundial ganado en Sudáfrica, he dado picos a hombres cuando mi heterosexualidad está a prueba de bombas y aquellos señores besados jamás levantaron la voz contra mis actos. ¿O es que fueron ellos los que se lanzaron contra mis labios? Y por cierto, pregúntenle a un gay si antes de dar un pico envía un mensaje de texto advirtiendo al premiado. Que aún me acuerdo de la impresión que me causó el primer bar de ambiente donde entré, y sin siquiera penetrar –sí, he elegido bien el verbo– en su cuarto oscuro.
Reconozco que no me reconozco con esta España. Y no es sólo por los diecisiete años lejos de allí, sino porque la transformación del pueblo, de mis paisanos, no deja de ser inquietante. Y ojalá el paleto dimita o sea cesado por sus malas gestiones e incluso por ese paletismo que proyecta, y jamás por un pico en medio de una noche única: aquella en la que ganas un Mundial de fútbol. O lo que es lo mismo: durante una noche irrepetible; de éxtasis.
Qué tiempos aquellos en los que hasta Eloy de la Iglesia, sin quererlo, nos contaba en los albores de los años ochenta que aquello sí era verdad –y hasta libertad–, y que lo de ahora, al compararlo, no es más que pasto de las llamas para una población, por cierto, que lleva lustros aceptando los incendios provocados que luego benefician a los de siempre sin decir esta boca es mía.
(Publicado en El Imparcial el 26/08/23)

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