Se hizo plural la broma de ponerse tetas o sajarse la napia. Además, los hay –y las hay– que se ponen alzas en los zapatos para que al descalzarse nos parezcan la mitad. Todo por aparentar, que no deja de ser lo que todos deseamos aunque seamos altos. Sumemos a todo esto a los que se implantan pelo en Turquía, a los que se quitan la papada aunque sigan comiendo como cerdos, a los que enloquecidos se dejan blanquear el ano sin ser penetrados, para cerrar con las que se maquillan tanto que a la mañana siguiente, naturales, vuelves a comentarles aquello de cómo te llamas, de dónde eres, estás muy guapa, ¿tienes WhatsApp? ¡Te amo!
En estos años proliferan, además, los cambios de sexo, en donde muchas –al menos en Tailandia– se esmeran tanto en parecer no ya mujeres, sino las mejores mujeres, que al llevártelas al catre acabas preguntándolas por qué tanta pasta invertida en hormonas, bótox, operaciones, cambios de nombre en el registro civil… para al final seguir meando de pie, pudiendo aún padecer cáncer de próstata, a veces hasta conservando la eficacia para beber copazos de un solo trago con o sin bigote, con esa monumental facilidad para, además, darte una hostia insuperable embutida en un traje de comunión celeste.
Debo reconocer que últimamente no ligo ni en las redes sociales ni en directo. Y no sólo por haberme hecho mayor, sino porque desde hace un tiempo decidí salirme del mercado antes de que éste me sacara a hostias. Algo así como Induráin, que tras cinco tours seguidos ganados, y ya transitando por el sexto, decidió bajarse de la bicicleta y decir hasta otra. Pero bueno, que les decía que yo no ligo por internet. Que no busco nada especial. Hasta lo de Preme.
A Preme me la presentó esta semana en Tailandia, donde estoy trabajando, un amigo periodista. En realidad, le pidió permiso para darme su contacto y así poder comenzar, vía WhatsApp, a mantener conversaciones. Mis intenciones, más que salivales, tenían que ver con la necesidad imperiosa de conseguir una traductora. Y tras mis desesperantes intentonas baldías, parecía que con ella al fin toqué techo. Eso sí, mientras chateábamos para llegar a un acuerdo, me iba fijando en los detalles correspondientes a través de su foto de perfil: tenía cuerpo escultural, abrazaba cierta altura, y hasta mantenía una belleza facial considerable. Porque en realidad Preme, era una sílfide haciendo de traductora en Tailandia. O sea, un rara avis. Y no por la falta de modelos en el país siamés, repleto de tías milagrosas aunque hubieran nacido tíos, sino porque encontrar a gente que hable inglés en la isla de Koh Phangan es más complejo que salir del armario en Kabul y casarte al día siguiente sin sentir una bala en tu nuca.
Todo esto tiene que ver porque tras comentarle a mi amigo periodista que vaya belleza, este me dijo, entre planchado y seguro, que de belleza nada de nada. Como no profundizamos, no llegué a comprender el mensaje en su totalidad hasta ayer noche, cuando tomándome unas cervezas Chang mientras leía los diarios de Eugène Ionesco, una señora de formas extrañísimas me saludó efusivamente como si me conociera desde hace lustros.
Porque era ella. O sea: Preme. Aquella señora, que ni siquiera habiendo aceptado sus cuarenta añazos camuflados tras filtros telefónicos abusivos, se atrevía a presentarse en persona tras su inventiva desmesurada en las redes. Porque era gorda, muy gorda: gorda desde los tobillos hasta la frente. Además de baja, muy baja: de no rozar, siquiera, el metro sesenta, si acaso el metro y medio. Tampoco lo facial le ayudaba a salir adelante. Que si no llega a ser porque me recordó quién era, habría pensado que todo aquello era una broma; seguro una exageración: otra encerrona del antiguamente denominado sexo débil que desde que rompió el cascarón nos miente día y sí y día también.
¿Qué lleva a una persona a mutilar su realidad? ¿Qué es lo que se le pasa por la cabeza cuando, en el cuerpo de su antípoda, te trata de tú en un bar asegurando que ella es la de la foto del perfil de WhatsApp? Yo entiendo perfectamente que la inmediatez que precisa la sociedad te obligue a modificar tu realidad. Lo que ya me parece excesivo es que lo que ofrezcas –porque en las redes sociales se vende uno a sí mismo– sea exactamente lo contrario de lo que pareces. No sé, y por poner otro ejemplo: si mi pene fuera la clave para salir adelante, jamás triplicaría en público su tamaño. Un par de centímetros, máximo tres si acaso, para que la susodicha no se alarme ante la reducción de lo firmado por contrato. Porque siempre será mejor ser notable que sobresaliente con foto finish. Créanme.
Hace años, en Pekín, convencí a una sílfide para que se viniera a casa un par de días. Ella no sólo lo hizo con la maleta –quería venirse al menos una semana; quién sabe si toda la vida–, sino con su pesaje extra, que aún mayor en apariencia y mostrado a discreción, triplicaba al del original. Sin necesidad de armarme de valor, le espeté que cómo era posible que en el transcurso del cierre del acuerdo y su llegada a casa – a lo sumo media hora en taxi– hubiera aumentado su tamaño de manera tan mastodóntica, cuando con una sinceridad a prueba de lorzas me dijo la mejor frase de toda mi historia buscando sexo: Si busco a gente a través de mi realidad, yo siempre estaría sola; por eso me manipulo.
Sea como fuere, se quedó sólo hasta la mañana siguiente, que es cuando terminé de ver la luz. Cuando se cerraba el ascensor con ella dentro y las cuerdas y cadenas del mismo todavía sosteniendo la cabina, me pregunté si esa avaricia china podría exportarse al resto del mundo, cuando ya todo Cristo difumina las realidades, sean estas colombianas, chipriotas o noruegas, a los que como a todos, no les gusta implantarse otras realidades que ni existen ni jamás existirán. Porque transformar tu cuerpo no es más que soñar despierto. Ni más ni menos.
Y yo jamás quise ser travelo, aunque viéndolo a priori, ya me parece un milagro absoluto.
(Publicado en El Imparcial el 03/09/23)

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