Penes

 

El otro día tuve que abrirme una cuenta en Grindr, la red social homosexual por antonomasia para ligar y todas esas cosas que vienen después. Y no, no es porque haya salido del armario, siquiera por ser curioso, sino por puro profesionalismo: debía corroborar si alguien a quien investigaba tenía perfil en la citada red, y si lo hubiera tenido, saber quiénes pudieron ligar con él. 

 

Abrirse un perfil en una aplicación para gais tiene su cosa si el que escribe no lo es. Sólo es darse una vuelta por los perfiles de mis posibles premios y darme cuenta que cada foto incitaba más al sexo que el visionado con gafas en tres dimensiones de una película porno. Pezones sajados por aros sobre voluminosos pectorales tostados bajo el sol, lenguas sacadas de la boca a todo lo que da como la de la serpiente ante la que sucumbieron Adán y Eva, piernas musculadas tras años de gimnasios que más bien parecieran las de Indurain en plena contrarreloj, y el que más me conmovió de todos: uno que en su foto de perfil colocó la de su torso donde parecía habérsele derramado, que mira tú por dónde, al menos un litro de leche. 

 

Como yo era nuevo, la red social debió ampararse de mí, echándome al ruedo de los matchs a las primeras de cambio en una calurosa bienvenida, momento en el que me fui a hacer otras cosas dejando el teléfono cargando. Después de media hora, me encontré con más de veinte chicos a los que, al parecer, habían gustado las dos fotos que seleccioné cuidadosamente de internet: eran de un modelo rubio; porque haber plantado allí mi jeto con esta barba podría haber ralentizado en parte mi investigación. Salvo cinco acercamientos que podríamos considerar normales –¿de dónde eres? ¿En qué hotel estás? ¡Eres muy guapo!–, en el resto aparecieron, tras el hello de rigor, pollas de todo tipo, colores y calibres e incluso gentes abriéndose los anos, como si desesperados, necesitaran de la ayuda del practicante para introducirse un supositorio. La fiebre, me dije. Las secuelas de la triste pandemia. 

 

Mientras seguía investigando, me seguían enviando más y más falos, en una carrera infernal en donde hasta los sentía chocando contra mi frente. Yo jamás había sufrido con el pene ajeno hasta ese día de comienzos de septiembre. Que uno se pregunta cómo es posible la que se ha montado en España por un pico cuando si yo denunciara a los, sin exagerar, más de treinta tipos que me han enviado fotos de su entrepierna y ganara los juicios, hoy podría dar la entrada para un pisazo en Madrid.  

 

Uno no ha estado en guerras, siquiera cubriéndolas, pero juro que aún tengo pesadillas donde de golpe y porrazo, a lo mejor mientras paseo cándidamente por un parque, tipos aparentemente normales que hablan con sus mascotas, se me acercan y se bajan el pantalón del chándal de buenas a primeras. Uno de mis pretendientes, por cierto, incluso me envió un video, que tuve que detener porque aquello tenía toda la pinta de desembocar en un claro caso de gotelé. 

 

Mientras escribo esta columna, recordando ese arsenal de vergas, compruebo que en el mundo heterosexual enviar fotos de penes es considerado cyberflashing y hasta podría dar con los huesos en la cárcel del que las envía. Por lo que la igualdad y justicia que tanto promueven nuestros políticos parece que es mucho más ventajosa cuando eres homosexual. Y tengo pruebas de ello. Exactamente 35. Doy fe. 


(Publicado en El Imparcial el 11/09/23)

No comments:

Post a Comment

Pages