¿Cuándo aplaude un noruego?


Me di cuenta ya en el interior del aeropuerto. Tras pasar el control de pasaportes y la inspección de la maleta. Me sentía bien, sin quererlo, sin esperarlo. Quiero decir, que no padecía principios de ataques claustrofóbicos, algo usual en mí, cuando me incrusto en espacios cerrados al exterior llenos de gente, y ya no digamos dentro de un avión repleto. Mi novia me había sacado varias dosis de alprazolam las cuales guardaba en el bolsillo a la espera de la oscuridad total, que suele acontecer nada más entrar a la aeronave y darme cuenta de que debo quedarme allí cuatro horas sin salir. 

 

Pero antes, rompiendo todas las reglas, me bebí dos cervezas, y ya en el avión, viendo que allí sólo se oscurecía la cabina cuando el comandante tomó la decisión de despegar, me pedí otras dos más, completamente seguro de mí mismo. El avión iba repleto y leía a Ganivet además de poemas de León Felipe. Paz y tranquilidad.

 

Por el consumo de cebada fría visité varias veces el aseo. Y a las dos horas de viaje, y justo cuando volvía a leer tras varios meses el Antiguo Testamento, debí quedarme dormido. La paz ya no sólo era novedosa sino absoluta, celestial: uno que es capaz de domar a la bestia sin drogas legales. Por los ejercicios diarios en el océano, por un problema que tengo en algún músculo de mi hombro derecho, ha debido ser, me dije. Hacer deporte, de la manera que sea, siempre trae beneficios. Y aquel era milagroso. 

 

Dormir en un vuelo de Air Asia no es algo plácido: distancia mínima entre asientos y escaso reclinar de los mismos. Por lo que al comienzo de las turbulencias debí despertarme, tratando de engancharme otra vez con Jacob. Pero lo que comenzó como un caso claro de turbulencias pasó a ser una locura donde, por segunda vez desde que viajo en avión, pensé muy seriamente en que nos estrellábamos. Tanto fue así, que cerré la biblia y saqué del bolsillo un alprazolam, quedando claro cómo ha evolucionado el mundo a la hora de los milagros en este último siglo. Mis compañeros de fila, un par de jóvenes turcos, me miraban asustados. Yo, para tranquilizarles, les advertí que cuando sufrí tres aterrizajes fallidos en Taipéi, allá por el año 2010, sí que pensé que íbamos a morir todos y que esta vez no. Pero por alguna razón yo era el fuerte. El que restaba importancia a aquella psicosis. Una absoluta sinrazón en mi ADN. 

 

Como en los terremotos de verdad, que duran más de un minuto y a veces hasta superan el par, aquellas turbulencias superaron los veinte. Hubo momentos de verdadera desesperación entre el pasaje. Lo único que pude ver fue que cruzábamos una tormenta. Vi muchas luces –imagino que serían rayos– como si el cielo fuera un after. Dos miembros de la tripulación salieron a socorrer a pasajeros que entraron en pánico. Yo volví a dudar en si tomarme o no el ansiolítico. Pero de pronto, todo volvió a la normalidad cuando sólo restaba una hora para la llegada a Bangkok. 

 

Cuando los aviones se estrellan y fallecen todos sus ocupantes siempre te preguntas si no sería posible que al menos uno se salvara. Sobre todo, para que los guionistas de televisión tuvieran algo más que contar que la vida y obra de Daniel Sancho. Pues bien, a diez mil pies de altura, viendo cómo se movía eso, me quedó claro que no; que sería absolutamente imposible. De hecho, llegué a pensar si el juez de guardia de por dónde estuviéramos pasando, si es que no era sobre el ancho mar, vendría a levantar acta y no encontraría ni un sólo tobillo con su rodilla correspondiente. 

 

Cuando nos disponíamos a aterrizar, una francesa que estaba a mi izquierda, a continuación del pasillo, y con la que no había hablado en todo el viaje, me preguntó asustada si tras las turbulencias podría haberse quedado el tren de aterrizaje obstruido. Mi respuesta no la ayudó. O eso sentí por su gesto. “Con o sin ruedas aterrizaremos. Créame”, le dije. La biblia seguía posada sobre la mesita plegable.

 

Y al aterrizar, la gente comenzó a aplaudir, hecho éste muy extraño, ya que la mayoría del pasaje era occidental y asiático. Y entre ellos, me llamó la atención un tipo muy rubio que, como si tuviera parálisis en las manos, aplaudió lentamente y a rabiar, con el gesto muy compungido. Al salir le pregunté de dónde era y me dijo que noruego. Un noruego aplaudiendo, me dije. Lo nunca visto. Luego recordé que la primera vez que vi al pasaje entero aplaudir fue en un vuelo Madrid-Buenos Aires. Pero es que los argentinos aplauden hasta cuando la persona realiza su trabajo correctamente. Que así son de exagerados. Porque querría yo haberlos visto en el trago de ayer.


(Publicado en El Imparcial el 12/12/23)

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