Gestos

 

He estado varias tardes cancelando la siesta por acompañar a mi padre en el visionado de las etapas del Tour de Francia. En realidad, esa tradición se venía consumando desde el siglo pasado, cuando era adolescente y gritaba con los demarrajes de Perico o las minutadas que Induráin endosaba a todos y cada uno de sus contrincantes en cronos estratosféricas. Eran tardes de julio de hace décadas, calurosas como estas, donde las azafatas besaban con efusividad al ganador, cuando en estos tiempos que corren, propensos a la involución, un hombre y una mujer de la misma altura sólo aplauden, a una distancia prudencial y vestidos como para una boda, en otra bajeza moral del progreso. Gestos descompuestos de los que demarraban o de los que llegaban a doce minutos a la cima siempre fueron mi punto de partida para asociarlo al término sufrimiento. La pájara como momento sublime entre el corcho que flota sólo porque es corcho y el pececillo que, con la boca hacia arriba, trata de salvarse en una pecera muy mal gestionada. 

 

En estas tardes de Tour, he visto a corredores llegar tan exhaustos que hasta han tenido que ponerles oxígeno, cuando otros, con los gestos aún más desencajados, pedían agua y metros de distancia entre cualquier ser humano y ellos, tratando de volver a la vida, de detener tantas pulsaciones; a fin de cuentas, de evitar un infarto. 

 

Por estas y otras razones, en el deporte se aprecia en demasiadas ocasiones la fealdad del participante: ellos, mutilando sus rasgos faciales durante, por ejemplo, un esprint final, y ellas, lanzando el martillo en unas Olimpiadas como si fueran hombres y, además, asilvestrados. En el mundo de las apariencias, donde en poco tiempo transformarnos en más guapos y jóvenes se ha convertido en una realidad perentoria, llama la atención que esos ciclistas que literalmente vomitan al llegar a meta no lo hagan camuflados bajo una careta de, pongamos por caso, Jesús Vázquez, el primer guapo del que ahora mismo me acuerdo. 

 

Yo el otro día le daba muchas vueltas a este asunto. A lo de los gestos, las malas caras, los aspectos deplorables y todo eso. Y de pronto, caí en la cuenta de algo. Yo no hago deporte, ni extremo ni liviano. Por lo que, ¿cuándo mi gesto podría llegar a mutarse de esa manera violenta? Y la única vez que recuerdo que esto acontece es cuando estoy haciendo el acto que, gracias a Dios –y por respeto a ellas–, ya lo hago poco. No sé: apretar y padecer, cambiar el rictus, sufrir y sudar, todo eso con la melena desaliñada y la barba caótica, entre espasmos y bocanadas violentas de aire viciado, con los ojos inyectados en sangre y mi rodilla en su caja torácica, con mi mano, tantas veces, tocando el corazón. Metro noventa, encima de mi chica que mide 1’52, con ella de única televidente de lo más lejano al orgasmo. No hay estudios que lo demuestren, pero me apostaría once sueldos a que en la industria del porno uno se fija en las caras de los actores sólo cuando se saludan. Nadie habla de lo guapos (o guapas) que son. Jamás. 

 

A veces me pregunto cómo lo alcanzará (el clímax), con semejante armatoste sobre ella, llegando a la conclusión de que cercano el momento cerrará los ojos y pensará en Brad Pitt, que ella aún no sabe quién es ese Jesús Vázquez. Y claro, cuando regrese a Bali, tendré que taladrarla con una careta del susodicho actor americano por dos razones solidarias: para que ella no tenga que visionar a una bestia parda en pleno juicio final, y para que yo pueda terminar antes el desasosiego de enfrentarme a la rutina de apretar y pensar en ciclistas cruzando la línea de meta, entre taquicardias y arcadas, con los gemelos subidos y los antebrazos soliviantados entre venas al límite de su capacidad. 

 

Seguramente hasta me ponga un maillot. Y cuando toque el cielo, levantaré los brazos en señal de victoria. Siempre con la careta de Brad Pitt puesta. Y el dorsal. 


(Publicado en El Imparcial el 03/08/23)

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