Mucha gente habla del futuro como si lo conociera cuando los que no tenemos hijos lo tenemos más claro, no porque seamos más listos, sino porque nos duele menos lo que vaya a acontecer después de que dejemos de respirar. Se habla mucho de Estados Unidos, de los que seguro se seguirá hablando, y de Europa, de los que se hablará bastante menos. Porque el futuro, no en exclusividad, pero sí en un buen porcentaje del pastel tronchado, pasa por Asia y no solamente por China.
Ayer me daba cuenta de lo que nos deparará el futuro, que no es más que un presente que ya mascamos en una escena cotidiana donde se resumía mucho. Muchísimo. Salida de un colegio cualquiera en una localidad de pocos miles de habitantes y casas diseminadas de la isla de Bali, que les aseguro no es África ni de lejos. En el lugar de la aparición casi mariana no hay hospital ni nada que se le parezca. De pronto, en la carretera terriblemente asfaltada y estrecha, sin arcenes ni aceras, decenas o tal vez más de un centenar de motocicletas manejadas por infantes de entre 12 y 15 años. O sea, aparte de esa marabunta de muchachos debe haber aún más de 16, de 9, de entre 5 y 7, recién nacidos, que no salieron en la foto que aún perturba mi cabeza o porque estaban recibiendo clase o porque jugaban en el recreo. Herederos por todos los sitios, como si eso fuera la solución.
No pude contabilizar el dato exacto aunque sí que el 90% de las motocicletas –todas japonesas, Honda o Yamaha– iban manejadas por chavales con al menos otro compañero detrás, y no pocas veces dos. Todos uniformados, con el teléfono móvil chino, de baja calidad, esperando al primer sueldo –de 200 euros– para auparse al iPhone, en un caso claro de consagración de poder. Todos sin casco. Y sí, queridos progres, todos sonrientes. Yo les devolvía la sonrisa, inertemente. Tampoco había policía no ya para multar, sino para al menos formar, corregir.
Mi novia, que no estaba entre ese grupo de jóvenes estudiantes –carga ya con 43 años– y que es local y que además venía de paquete en mi moto, también nipona –los dos con casco: puto progreso occidental, con el calor que hace–, me aseguró que apostaría todos sus bienes inmuebles a que ninguno –y sólo había que ver las edades, repito– disponía de carnet de conducir, cuando como les decía antes, no es fácil toparse no ya con un hospital, siquiera con un ambulatorio en condiciones –aquí la seguridad social como en España NO EXISTE–, sino hasta con una autoescuela.
Y ese era el futuro. El muy cercano. El triste porvenir que jamás nos cuenta la gitana porque la hemos pagado y no quiere devoluciones. El futuro que invalidará todos los progresos y conquistas en derechos y bienestar que un día consiguió Occidente. Aquí, donde el PIB sube cada año, nadie sabe qué es el PIB ni si sube ni si baja. Y ya no les hablo de infantes, sino de los adultos: los que traen hijos al mundo en ramillete. Porque aquí la política es como en España la comienzan a querer algunos y a aceptar sin rechistar demasiados: democracias demencialmente dictatoriales. Sin derecho al turno de réplica, con censura en internet, con posibilidad de que te lastren el físico si aúpas a las redes una crítica contra el que no debes. Y eso sí, con la gasolina y la electricidad subvencionada y el internet casi gratis para que la población pueda hacer sus trabajillos en negro y mantenerse entretenida. No hay más. Ni menos. Luego, de todas esas niñas, en cuanto pasen unos años, el 99% habrán dado a luz más ramilletes de hijos, que cuando pasen la edad correspondiente –que no legal– conducirán, uniformados, con dos amigas, también uniformadas, de paquete. Porque el futuro no es más que el pasado repetidas veces, salvo en la tecnología, que conforme más nos excita por su modernidad todavía más nos convierte en esclavos sin sumidero.
Estuve hasta enero trabajando en una oficina. Aquí, en Bali. En ella, una nativa de 24 años dijo en público, sin ruborizarse, que el año que viene espero tener mi primer hijo. Cuando le pregunté si el novio estaba de acuerdo, me contestó que aún no tenía. Novio. Y en España no ya quitando la filosofía de los planes de estudio, sino leyendo su población cada vez menos libros al año, cuando las novedades editoriales manejan ya el lenguaje inclusivo como salto adelante maoístico. Porque en esta parte del mundo, nadie lee. Y que ninguna persona –en España, aquí se las suda– me tilde de reaccionario racista. Repito: aquí nadie lee. Que mi novia trabaja como profesora en la universidad y sabe que lo que le digo tantas veces es cierto.
Como le decía el otro día: Librerías no habrá, pero tiendas de mascotas, cada tres kilómetros. Señal de que al menos aman a los animales. Al menos. Pero claro, como para nosotros el futuro nos es menos inquietante, puedo permitirme el lujo de explicarlo a través de esta columna.
(Publicada en El Imparcial el 27/09/23)

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