Recuerdo el más bonito que tuve, o al menos, el que más me interesó en su momento, que es cuando uno trata de ligar espasmódicamente, entre copa y descalabro, cuando la juventud atora el futuro, que no el presente. Era uno de marca, eso seguro, que me debió costar unos 120 euros, algo extrañísimo durante mi vida textil que desde hace lustros es imposible que vuelva a suceder. Sea como fuere, aquel pantalón me gustaba. Era de color plateado. Y según una amante mallorquina que conocí en Madrid, le daba buena forma a mi culo. Que debo reconocer que no cristalicé con aquella balear como ni recuerdo dónde debí perder aquella prenda a la que ahora homenajeo.
De niño traté de conseguir los Levi’s 501. Recuerdo que era esencial lo de las etiquetas. Si era naranja era peor y si era negra, creo recordar, era la mejor; la roja, te mejoraba en las citas. En el colegio, sin llegar a sufrir, siempre me alejaba de los pijos, que en realidad éramos todos. Lo que pasaba es que unos alcanzaban sus metas y el resto, donde yo me encontraba, vestíamos vaqueros del Continente sino del mercadillo de los fines de semana. Muchas veces me ponía la chaqueta anudada a la cintura para que nadie supiera que yo no era como ellos. Porque yo en realidad sí era como ellos pero con bastante menos dinero.
De todas formas he tenido una educación tan digna que prosperó tan bien con los años, que siempre me ha dado igual, en mayor o menor medida, eso de las apariencias. Jamás he sido un guarro, uno de esos que se pone la misma camiseta dos días seguidos, porque finalmente –y salvo excepciones como aquel pantalón plateado tipo astronauta del que hoy no recuerdo la marca– suelo vivir con lo puesto. Y paso a explicarme.
Creo que en alguna columna anterior expliqué lo que Ni Luh, mi novia, me preguntó en la última mudanza: ¿Sólo tienes un pantalón? A lo que yo contesté: Y me sobra. Porque en Bali no es fácil vivir en vaqueros y mucho menos cuando no trabajo. Luego tuve que viajar a España. 35 días. Con esos vaqueros, que tampoco es que sean nuevos, sino negros desgastados, descoloridos, y no precisamente por querer ir a la moda, sino por el desgaste que producen las lavanderías y los productos abrasivos que utilizan.
En tiempos de escasa bonanza uno se aprieta el cinturón –también tengo sólo uno– para que cuando salga de la tristeza económica haber aprendido algo. Porque yo con ese pantalón y sólo en los últimos 75 días: he viajado en avión desde Bali a Málaga pasando por Doha, he firmado en un notario de Barcelona un divorcio, he tenido una reunión para un posible trabajo como reportero, he participado en un debate televisivo desde su plató y he vuelto a viajar en sentido contrario al viaje que antes les contaba. Y todo con el mismo pantalón, repito. El cual no es reversible. Aunque algunos lo puedan llegar a creer. Añadamos que también estuve en Tailandia charlando con policías, basureros y funcionarios de prisiones con esa misma prenda, cuando ahora mismo, exactamente ahora mismo, me dispongo a colarme en el palacio presidencia de Timor Leste, donde el presidente del país, José Ramos Horta, que además fue Premio Nobel de la Paz en 1996, contestará a mis preguntas. Todo esto quedará inmortalizado en fotografías, y mi pantalón saldrá en algún medio de tirada nacional. Mi único pantalón. El pantalón.
Detesto profundamente que nos guíen. Y sobre todo a los que forman el rebaño. Me ofusco mucho tanto con los de la Agenda 2030, el cáncer más modernizado y sin tratamiento alguno, como con los que gastan para el ropero mucho más que para la biblioteca. ¿Y saben por qué no me preocupa el participar de este mundo con un solo pantalón? Pues porque en realidad jamás me fijo en la ropa –y en tantas otras cosas– del resto, a los que imagino –¡ojalá!– con un solo pantalón, cuando en realidad podrían ser tres parecidos, y no sólo uno. Porque a mí me da igual. Y espero que a ellos también.
Y a todos esos que se llenan la boca con el supuesto cambio climático, la deforestación, la contaminación y otras mandangas, que tengan los huevos suficientes de tener un solo pantalón. Y para ellas un solo vestidito. Seamos justos. Porque la justicia a mí me sale de los pantalones. Por las rodillas.
(Publicado el 03/10/23 en El Imparcial)

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