Mantenido

 

Hace algo más de siete meses, y en este mismo medio, conté que al fin creía en la igualdad porque por primera vez en mi vida, y tras décadas realizando lo contrario, alguien –concretamente mi novia– me estaba manteniendo. Pagaba las facturas, el alquiler… Y claro, tuve que contarlo.

 

Hoy, con el agravio asentado, debo pisar el acelerador para ser más concreto: mi novia no sólo me mantiene, sino que me compró una moto, el portátil desde el que escribo, algo de ropa –esencialmente calzoncillos–, unas vacaciones en Nusa Penida, la isla de enfrente…

 

Y esto lo comento porque no son pocos los parias que se creen mantenidos, y antes de que la realidad lejana sea cierta, lo comentan a viva voz, como el que antes de comenzar una relación cuenta en público cómo tiene los pechos. Además, conozco a uno que por vivir en casa de su mujer se cree como yo. Pero claro, desembocan dos claras diferencias entre su vida y la mía: que él tiene que trabajar de sol a sol y que yo no; y la más importante: que a él un día lo dejarán para que se dé cuenta de que jamás nadie le mantuvo, si acaso, fue el coche escoba de su pareja, aprovechándose del alquiler, del detergente y de efímeros como paupérrimos éxitos. 

 

Mi amigo Víctor, el de Güéjar Sierra, es el que me ha incitado a escribir esta columna. Dice no conocer a nadie en mi situación. Y me pedía que la misma la vociferara. Como caso opuesto a los que dicen lo que querrían ser cuando aún no lo son. 

 

De todas formas, aún me quedan muchos asuntos por pulir. Por ejemplo, he conseguido hasta que ella, que es la que trabaja con horario de lunes a viernes, sea la que, además, me cocine. Y no por deseos explotadores, sino porque dice fascinarle. Y yo me dejo, claro está. Como cada mañana que, tumbado en la cama, recibo, como si fuera tetrapléjico o un bebé –viene a ser casi lo mismo– una ingesta de frutas peladas y cortadas desde el tenedor que ella pincha y me mete con sumo cuidado en mi boca. A cambio de todo este milagro no cotidiano, he decidido no ser como buena parte de las mantenidas a lo largo de la historia, que casi siempre me generaron repulsión: no le pido joyas ni operaciones de cirugía, no compro cremas antiarrugas ni caras ni baratas, y para seguir colaborando, no me abro perfiles falsos en las redes para follar con amantes. Para nada. Le guardo la fidelidad sin esfuerzo. Por lo que además de mantenido soy buena persona.

 

Pero decía que existe algo que me atormenta. Algo que surca mis pensamientos con continuidad, abrasando mis venas, preocupado por las consecuencias. Y esto es qué ocurrirá si algún día no seguimos juntos. Porque, aunque no tengamos hijos en común, yo quiero quedarme con alguna de sus tierras. Aunque sea la más pequeña. En realidad, no quiero exageraciones en mis herencias o acuerdos. Ni palacetes, ni coches, ni dinero en efectivo. Pero al menos, que me quede con algo. Más que nada para volver a contarlo. Claro que aún, en esta igualdad que tanto se promueve, no existe la indemnización al hombre, que ejerciendo ciertas labores del hogar –a veces friego los platos– y haciendo –alguna que otra vez– el acto, se queda con un palmo de narices, quién sabe si hasta en la indigencia, tras la evaporación del amor. 

 

Por lo que recalco: la igualdad entre el hombre y la mujer sigue siendo una quimera. Por mucha buena voluntad que ponga, sigo por detrás de ella, sobre todo si algún día nos separáramos. Aunque el que de verdad está jodido es aquel que dice vivir de una forma cuando es mentira. Yo al menos sí que me permito el lujo de ser mantenido. Y hasta de contarlo. Que ya sólo falta que me haga reportero cuando estoy en el camino. Sólo por joder. Por pasar a mi historia. Y por seguir escribiendo, monetizando mis párrafos. 


(Publicado el 19/10/23 en El Imparcial)

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