Superalimentos


El otro día Ni Luh y yo estuvimos consumiendo moringa. Yo hasta ese día –y mira que toda mi vida tuvo que ver con la comida, ejerciendo de chef o como cliente– ni sabía de su existencia. Al principio, la tomamos a través de chocolates con un 80% y hasta un 90% de pureza –casi todos mienten y exageran en sus porcentajes, como los medios con sus lectores o los partidos con sus encuestas–, para más tarde y ya en el restaurante, consumirla en ensalada y con un arroz hervido de color, cómo no, verde. Como al día siguiente seguía tan vivo y con el vientre modélico no le di mayor importancia a lo de la noche anterior.

 

Eso sí, rondó mi cerebro durante varios días la frase que Ni Luh me espetó, la cual, sin saberlo, está siendo sometida a la dictadura de Occidente. Porque sin que yo requiriera su detalle, se explayó en contarme que la moringa es un superalimento, con tanta insistencia que parecía que le habían dado cuerda. Como al volver a casa nos topamos, entre la contaminación y basuras varias, con varios de sus árboles, me acosté tranquilo: otra broma que al ser gratuita había que meterle un 700% de beneficio, siempre por el bien de la naturaleza y el distanciamiento humano de los problemas cardíacos y, sobre todo, la buena carne de buey. 

 

Sea como fuere, el que la gente utilice la palabra superalimentos me deja mucho más inconsciente que compartir mesa y mantel con Hitler horas antes de que invadiera Polonia. Porque me joden las modas. Las tendencias. Y todo aquello que comen las cabras desde tiempos inmemoriales y que ha pasado a ser gourmet de la noche a la mañana entre esta nueva degeneración de humanos.

 

La primera vez que escuché semejante bulo, o al menos exageración superlativa – ¡superalimento!– fue de una china que al verme comer brócoli a mansalva me soltó la frase de lo que iba de año. Y corría el 2021: Tú vivirás cien años, me dijo. ¿Por comer brócoli?, respondí. A lo que ella terminó de cerrar el círculo por el que hoy estoy escribiendo esto: Claro, porque es un superalimento. 

 

Desde ahí fui enterándome, jamás por deseo propio, sino a través del odioso mundo del psicópata que te cuenta qué te viene mejor para tu salud aunque ni le hayas saludado, que el aguacate, la quinoa, las semillas de chía, el ajo, el jengibre, la cúrcuma y el brócoli, entre otros, son superalimentos, que consumidos todos a la vez, me preguntaba yo, hasta podrían generar cambios sensibles en el cuerpo humano… Qué se yo… ¿pasar de la impotencia al priapismo en un abrir y cerrar de ojos o, mejor dicho, en lo que cuesta hervir un manojo de moringa?

 

No quiero ser demagogo. Pero comer bien también es disfrutar. Como los esquiadores que disfrutan muchos más en los fuera de pista que siguiendo las normas, a sabiendas de la ilegalidad. Por eso sé que una vez al año –que es cuando voy a España y paso por Madrid– me merezco hacerme un minibocadillo de tocino ibérico fresco tras la ingesta de garbanzos con su sopa de cocido y una digna variedad de trozos de carnes y embutidos selectos para continuar con la armonía. Y a la vez, me gustan el brócoli y el ajo a mansalva, sean o no superalimentos. 

 

A Amanda –nombre no inventado– la conocí al llegar a Bali. Australiana entrada en el medio siglo de vida, operada hasta en el ADN, que aparte de hacer yoga y mirar puestas de sol agarrada a zumos détox, también entiende que la vida culinaria sin superalimentos no es vida. Y si incluso con aquello el tipito no reacciona, siete horas de gimnasio sufriendo como un disidente en Pekín. Y si aún no terminara de funcionar, se opera cuatro veces en seis meses y santas pascuas. Claro que aquella noche donde nos pasamos con la sangre de Cristo –el tinto es muy bueno para la salud, me repetía con insistencia cuando ya pedía la tercera botella– la vi ir y venir del baño tantas veces que tuve que preguntarle por su vejiga. Seguramente con el poder del vino, que es tan bueno para el corazón como defectuoso para enterarse de qué te están hablando a la una de la mañana si llevas catorce copas, me confirmó que sí, que estaba esnifando cocaína y que si quería. 

 

Yo creo en los superalimentos. Y sobre todo en la superioridad moral de los que a sabiendas del beneficio que les trasmite –podrían vivir cómodamente hasta los 120 años, según algunos integristas comentan en público y sin haber bebido gota de alcohol–, desagravian ese poder poniéndose hasta arriba de farla. Por igualar, los muy humanistas. De la kombucha al fardo sin cortar. Parece el título de un libro. O de un documental de Netflix.  

 

Mientras escribo esto, en base a ciertos recuerdos, la hija de Ni Luh nos ha pedido ir a comer hamburguesas aceitosas y pollo frito con extrañas salsas al Kentucky Fried Chicken. Y que sí, que para allá que nos vamos, teniendo en cuenta que la niña también se merece su dosis de droga dura. Como todos. Y espérate que no le pida media botella de Tío Pepe. 


(Publicada en El Imparcial el 24/10/23)

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