El problema de mi calvicie, que con los años pasó de ser incipiente a cuasi absoluta, es que cuando tú la has aceptado te das cuenta que tu pareja, creyendo hacerte el bien, te saca a colación lo de irnos a Turquía, y no precisamente para pasear junto a la iglesia de Santa Sofía, sino para implantarme pelo, una acción que no haría ni cobrando, añadiendo que el peluquín sólo me valdría para gastar bromas en las piscinas municipales comentándole a los domingueros que aquello con pelo que flota no es más que una rata muerta.
Llevo décadas por este mundo observando cómo la sociedad, esencialmente la femenina, se opera la nariz, se da forma a los pómulos, se borra o pone lunares a la vez que se colocan tetas, algunas veces desconcertantes, no ya sólo por sus exagerados tamaños, sino porque las mismas socavan la ley de la gravitación universal generando, pienso yo, algún que otro dolor de espalda en las damas que, ahora sí, sacan pecho de sus buenas nuevas. Ahora está el bótox, cuando en Latinoamérica hasta se ponen cemento en los glúteos, porque la única razón de ser es parecer mejor, primero ante el espejo y luego ante el resto.
Porque parecer lo que no se es creyéndose mejor es, a fin de cuentas, la única meta. Los hombres, en esta nefasta época de la falsa igualdad programada, no se quedan al acecho, quitándose las dioptrías –en realidad las gafas– cuando no el vello corporal e incluso tratando de añadirle centímetros al pene, como si aquello fuera un adosado y necesitáramos de otra planta. Operarse, como si en realidad fuera como salir a comprar el pan y volver a casa con dos pollos asados.
Yo a mi novia le he dicho que si ella quiere se ponga pelo en la frente, que aún le queda algo de espacio –es de melena profunda y densa, con millones de rizos absolutamente naturales–, o en el culo, no por faltarla al respeto sino por tratar de poner de moda una parte del cuerpo de la dama, que salvo en contadas ocasiones y siempre durante el pasado siglo, también tiene que mostrarse blanco polvo de talco satén, sin vello ni mota, cuando al ojete hubo un tiempo no muy lejano que, como a ETA, había que blanquearlo.
En las apariencias se pierde mucho tiempo. Y también se lo hacemos perder al resto. Si todos nos esforzáramos en aceptarnos físicamente tal y como somos ese tiempo invertido podría valernos para, no sé, hacer lo que más nos gusta hasta hartarnos. Claro que según detecto lo que más le gusta a la gente, en estos tiempos que corren, no ya es sólo parecer más llamativa sino asesorar al prójimo a ponerse flequillo cuando a mí siempre me molestaron los peines.
(Publicada en El Imparcial el 10/10/23)

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