El bolso


Hace un rato he padecido un experimento social único. De la manera más casual. Sin preverlo. Y aparte de haber sido el conejillo de indias, he sido, a la vez, el que por catalizarlo ha podido ir observando el resultado entre la población de Denpasar, ciudad fea y asimétrica, repleta de población y tráfico, capital de Bali aunque alejada de la playa y sus turistas. Por asuntos animistas, al menos no se levantan edificios de más de tres o cuatro plantas. Por lo que por aquí usted no verá nunca a un chino especulador inmobiliario, de esos que levantan rascacielos como si les fuera la vida en ello. Aquí casi todas las construcciones son de dos plantas. Casas unifamiliares con el negocio debajo. Y de una de ellas salía yo con mi novia camino de nuestra casa. Justo cinco minutos antes, comenzamos a llenar las panzas de las motos de asuntos varios, esencialmente con ropas recién sacadas de la lavandería, agua mineral embotellada y algo de víveres. Y justo cuando accionábamos el arranque de las motos, ella, que había atado a su manillar varias bolsas de comida que la dejaban casi sin espacio para conducir, me pedía que le llevara el bolso. Su bolso. El clásico bolso que una mujer lleva colgado al hombro, a juego con la falda o zapatos. Y yo, eficaz como la tabla de multiplicar, me lo colgué sin rechistar sobre el hombro derecho. Y salimos. No pesaba tanto. 

 

En el segundo semáforo –seguramente en el primero ya aconteció, pero yo debía estar pensando en Quine o en las musarañas– un señor, riéndose, se me quedó mirando desde su moto señalando el bolso. Un señor mal vestido a lomos de una motocicleta desvencijada. En ese mismo instante mi pasado español salió a la luz: ¿querrá robarme el bolso? ¿Por qué, entonces, lo señala? Fueron segundos de duda, aún a sabiendas de que por estos lares el atraco no es práctica habitual. Pero bueno, traté de armarme de razones: al final, yo no dejo de ser un extranjero que, aunque con más de tres lustros alejado de su patria, aún sostiene en la memoria aquellos atracos infernales que yo vi con mis propios ojos en el Madrid de Ruiz-Gallardón, con japonesas arrastradas por la calle Huertas mientras algunos –yo entre ellos– salíamos detrás del par de jóvenes que acababan, sin haberlo preparado, de hacer decrecer el interés del Imperio del sol naciente por España. 

 

Hasta casa hubo que detenerse en siete semáforos. En todos, los nativos me miraban. Pero como sonreían, dando igual si iban mal o bien vestidos, acepté que, si allí alguien daba la imagen de atracador, ese era yo, vestido de manera ramplona, en chanclas, con la triste melena canosa de escasa densidad al aire, y largo como un día sin pan. Ellos, en todo su derecho, deberían haber pensado: ¿qué coño hace un extranjero en medio de esta insolente ciudad, lejos de las playas y sus tumbonas, de las puestas de sol y las tablas de surf, con un bolso de señora amarrado al hombro? Pensé en los uniformados deteniendo mi marcha interesándose por la extraña postal.

 

Luego llegamos a casa, donde comenzamos a sacar la carga de las motos. En eso, mi novia, riéndose, me dio en la clave de todo esto: Cómo me he reído viéndote con el bolso. Parecías un gay. ¿Un gay? Claro. Por eso se reían. Porque por estos lares la homosexualidad no se trata como en España, como algo natural, mientras que el robo con violencia, que en España sí es habitual, aquí no acontece. Y mientras yo pensaba primero, en que me arrancaran el bolso y parte del hombro de un tirón, para más tarde aceptar que el ladrón parecía ser yo, resulta que todos, incluida mi pareja, pensaban que yo era uno de esos bujarras con problemas para terminar de salir del armario: uno que sólo sale de noche, en moto y con el casco puesto, vestido de señor, pero con un bolso de señora, a ver qué se siente como mujer, aunque sea a plazos. 

 

Está claro que por mucha globalización forzada aún cada población traduce un momento de manera diferente. Afortunadamente.


Publicado en El Imparcial el 19/11/23.

No comments:

Post a Comment

Pages