Montero

 

Yo a García Montero lo conocí una tarde en una feria del libro, o algo así, en Sevilla. Tras dar una charla ante no pocas decenas de personas vino, con las gafas a la altura de la punta de nariz, a la caseta donde yo firmaba –fueron tres ejemplares, a lo sumo– y en donde su compinche Benítez Reyes hacía lo propio: en su caso, una veintena. Que se llevara un ejemplar de Cartas a Thompson (island) –mi primer poemario– sin pasar por caja me llamó la atención. O suficientemente cleptómano, o le deben de la editorial regalías, o ambas cosas, me dije. Sea como fuere fue la única vez, que yo recuerde, que lo vi en persona.

 

Dos años después, en 2020, un estimado poeta de la nueva generación, con el acuerdo verbal de tras leer mi poemario Demasiado humano, en fase de impresión, escribir un par de frases sugerentes para graparle al lomo las mismas y así ayudar a sus ventas, se negó en redondo cuando descubrió que uno de los poemas mencionaba, y no para bien, al gurú de los premios, los jurados, las reseñas, los centros culturales y las colocaciones. Me sorprendió, la verdad, aunque viéndolo en perspectiva, no tanto.

 

Luego –o antes, o siempre– vino lo de tratar de ser alcalde o presidente autonómico o ambas cosas para acabar dirigiendo todos los institutos Cervantes a la vez, ejemplo clarividente de dónde acaban los poetas que no ejercen de poetas. 

 

Pero hoy escribo estos párrafos porque es famosa su pelea con Anna Caballé, reseñista de la autobiografía de María Asunción Mateo Mi vida con Alberti –es viuda de don Rafael–, que Montero pone a caldo aunque no tanto como lleva poniendo a bajar de un burro a la autora de la obra, mucho antes que esta escribiera: exactamente desde que Albertí y ella se enamoraron. Hemos sabido por Anna Caballé –o al menos yo– que el seudopoeta y Benítez Reyes –para el molesto trío de perdigoneros falta Benjamín Prado– escribieron un libro, al alimón, titulado Impares, fila 13, en donde el ultrasur de las letras insultaba al detalle a la viuda, mientras que a la suya le hemos dado una estación de trenes y espérate que a él no un aeropuerto. O dos. 

 

Recuerdo también a un periodista contándome lo bien que lo trataron Montero y su señora para una entrevista. Fue en casa de los potentados: lo invitaron a café y seguramente hasta podría haberse topado con la ropa interior de ambos: maestría propagandística. Yo me enfrenté a esa para nada anécdota, en general, porque es mi manera de ser, pero en aquel momento con furia y seguridad aseguré lo siguiente: García Montero es la mafia y esa señora forma parte de la estructura de la banda. 

 

A raíz de ahí no son pocas las veces que me he topado –en las redes– con poetas, prosistas, aspirantes a ambos asuntos, peleles y fans dispuestos no ya a poner en tela de juicio la labor del poeta-político sino de jamás hacerlo en público. ¿Y saben por qué? Pues porque todos albergan la misma esperanza: que algún día García Montero les conceda la venia. Pero pasan los años y eso no acontece. Y a no pocos los veo siempre de rodillas, con lo feo que queda eso. ¿Hasta cuándo, queridos cándidos?

 

De hecho, tras esta agria polémica, donde el padre extremista y malhablado de niña orgullosamente fascista tacha a Anna Caballé de ultraderechista, no ha habido nadie, que yo sepa, que sabiendo cómo se las trae el pajarraco haya dicho esta boca es mía. Y ya no les hablo de aspirantes, peleles o fans, sino de la clásica terna de escritores –más sus estelas opacas, grises– que cada año esperan del susodicho su parte del pastel, ya sea en forma de premio, de edición, de numerosas reseñas, de dinero para escribir o para follar, o incluso, ese premio gordo para los que escriben menos, que es poder dirigir a sueldo de rey institutos Cervantes a lo largo y ancho y de este mundo. Yo he conocido a directoras con chofer residiendo en palacetes diplomáticos con cocinera y jardinero. Y eso, claro está, lo pagamos todos nosotros, como el sueldo del fusilero del verso. Verso, por cierto, lamentable: recuerdo en Nueva York cómo me hice con su antología La buena compañía, que leyendo en el metro desde Manhattan a Brooklyn me permitió descubrir, por fin, mucho antes del deslavazado y vetusto medio de transporte neoyorquino, a un poeta mediocre, efectista a su manera, infantil e insignificante. 

 

Por eso, imagino, decidió trepar antes que trovar.


(Publicado en El Imparcial el 10/11/23)

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