Nuevos chistes

 

Lo que hace años era sólo tendencia y muchos tildaron de ‘políticamente correcto’ hoy ya es delito, el cual puede abarcar desde la multa a la pena de prisión pasando por el siempre molesto escarnio público, como si España, tan ufana en su triste democracia, homenajeara las revoluciones culturales de Mao Zedong, o las que en la actualidad imparte Xi Jinping contra buena parte de la comunidad extranjera en China, situación de la que casi nadie habla. 

 

Antes, uno ejercía el derecho de hacer reír –o descojonarse de la risa– contando chistes –o escuchándolos– de jorobados, de gordos, de gafotas, de paletos, de orejudos, de enanos, de maricones –sr. Juez, hablo en pasado– y hasta de calvos –¡yo mismo!–. Pero hoy, todo eso, como decía más arriba, puede conllevar una denuncia que te situe frente al juez además de que te cierren la cuenta en la red social donde propongas tales actos que en la actualidad equivalen a un acto terrorista. Porque así están las cosas. Que una cantante aragonesa ha mostrado los pechos en un concierto para recuperar fama perdida –lo camuflaron todo como un claro caso de transgresión femenina: lo más cool– cuando en el año 80 del pasado siglo Alaska, despojada de sus bragas, le orinaba en la boca a otra actriz del reparto de Almodóvar en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. No es que retrocedamos, es que nos hundimos camino de núcleo externo tras haber traspasado el manto. 

 

Porque no sé si se habrán dado cuenta, ya que la falta esencial tiene que ver con que nos hemos quedado mudos en esa fatídica libertad de expresión, prima hermana de la ufana democracia de la que seguimos alardeando. Los españoles: gentes que alardean de lo que adolecen. 

 

Parece que cambio de tema, pero sólo cojo carrerilla para continuar. Porque hace cosa de un mes me fui a Timor Leste, nación independiente y fronteriza con Indonesia, y a la provincia de ese país que colinda con la misma. Fueron diez días maravillosos, donde transitamos muchas horas por carretera, visitando numerosos pueblos y ciudades, además de aeropuertos. Pues bien, sin haberme llevado de casa lo que les voy a contar como tarea, comencé el tercer día a darme cuenta de que no había encontrado –siquiera en el aeropuerto de Bali– a nadie leyendo un libro. A nadie. Quiero recalcar que hasta me entretuve en un par de universidades donde por otros asuntos tuve que acudir. Y nadie leía. Repito y recalco: nadie. En diez días y a lo largo y ancho de varios cientos de kilómetros. 

 

Uno pensara que la culpa es particular de Timor Leste y de la parte indonesia que hace de frontera, la provincia de Nusa Tenggara del Este. Pero nada más lejos de la realidad. En Tailandia, semanas antes, me ocurrió lo mismo. Y estuve cinco horas en el aeropuerto de Singapur, donde por tres personas que leíamos audité a 5.600 que miraban fijamente a la pantalla de su móvil. Para no equivocarme del todo, he estado investigando cómo está la clasificación de naciones en base a su número de lectores. Y como esto daría para otra columna, me voy a ceñir a un par de datos orientativos: que la inmensa mayoría de la población mundial no lee nunca, y que por razones que desconozco, este hecho no es aún base del programa de cualquier partido político de este planeta o de algún dictador con ínfulas, siquiera de esos aprovechados de la ONU que a veces leen pero casi siempre paridas tamizadas. 

 

Por eso, y volviendo al inicio, me gustaría que, ya que los chistes a la antigua han pasado a ser ilegales, tomáramos la moda de insultar y despreciar a todo aquel que no lea independientemente de su etnia, nacionalidad, color del pelo, y por supuesto, sexo, género o lo que ellos digan. ¿No querían igualdad? Pues a todos por igual. Zarrapastroso intelectual, Absurdo ser, Pintamonas cultural, Analfabeto con derecho a voto, Vago mental o el magnífico, lees menos que Stevie Wonder antes de acostarse. Adiós. Que ese es ciego. Que me cierran la cuenta. Y la columna. Que me caen tres años a la sombra. Pero sí, que ojalá cada vez que las personas comiencen a interesarse por otras, ya sea por motivos sexuales, amistosos o laborales, entre las primeras preguntas se cribe quién lee y quién no para salir disparados si no lo hacen. Que ya luego, con el mundo estabilizado leyendo por montera, trataremos de expurgar a los que leen a Coelho o a Sonsoles Ónega.


(Publicado el 04/11/23 en El Imparcial)

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