Conversaciones en la niebla de la no alianza de civilizaciones

 

Acababa de llegar a Laos con un resfriado del copón, aunque sin fiebre ni malestar general. Fue todo por culpa de la exageración de aires acondicionados tras algo más de dos semanas en Bangkok, la meca de la refrigeración humana; una locura sin precedentes.

 

Decía que acaba de llegar a Laos, y que por culpa de aquellos aires estos lodos, traspasé la frontera laosiana, donde jamás estuvo Luis Roldán ni se le esperó, con la nariz congestionada y dos rollos de papel higiénico entrando y saliendo de la bolsa del ordenador hacia mi napia, habiendo creado durante once horas la banda sonora del resto de viajeros de un autobús notable en su calidad. 

 

Tras llegar a la casa donde me acogían, anduve, por lo del cansancio, decidiendo entre dormir la siesta empalagosa cuando te levantas y no sabes ni cómo te llamas, o salir a divisar los nuevos horizontes, cuando tras tanto pasado vital sumamente efectivo, como fuera de toda horma –y hablo del mío–, no me quedó más remedio que salir a las tres de la tarde, con una solana que en España abriría telediarios cuando aquí nadie atiende a cambios ni climáticos ni corporales –la sobrina de mi casera acaba de mutar de muchacho a muchacha y allí todos como si en realidad su único cambio hubiera sido renovar la encimera de su cocina–, a buscar un lugar donde devorar mi regreso al alcoholismo efímero: aquel que marcará mi vida hasta que regrese a la abstemia Bali: abstemia por mi relación, por los precios del alcohol, y porque entre que el vino caro ya es malo y la cerveza local casi siempre es penosa, uno habría preferido beber orina, como tantas veces antaño, pero allí ni eso; más que nada por el qué dirán. 

 

Pues paseando por el Mekong, que suena muy poético, pero que a las tres de la tarde no es más que un suplicio donde sólo caminas tú, me tuve que guarecer en uno de esos bares donde suelen vender lo mismo que en el resto, pero que, por ser regentados por extranjeros, te cobran el triple si no incluso más. Al menos había wifi y la cerveza estaba fría –es lo mínimo que se le pide al que hurta a sus propios hermanos; porque allí locales trabajando todos además de alguna prostituta, aunque el dueño fuera blanquinho, quién sabe si luxemburgués–. 

 

Yo, recalco, bebía cerveza Lao y escribía con las carótidas efervescentes cuando una luxemburguesa –ojo la dato, como diría aquel–, pidió sentarse en mi mesa porque las cuatro restantes –el progre suele abrir negocios por estos lares entre austeros y mendigos–, estaban ocupadas. 

 

Sea como fuere, ella pidió unas verduras –veganismo, imaginé– mientras yo la segunda cerveza. Y entonces, comenzó la enjundia para haber cerrado esta columna; el terrorismo gratuito sin venir a cuento. Suerte que aún me manejo lejos del diván, porque de esta no habría salido sin posos mentales. 

 

–¿Vives aquí?

 

–No, en Bali –lo hice aposta, para que supiera que la que reside en un estado fascista-capitalista es ella: en Luxemburgo (éste dato me lo ofreció después).

 

–Pues a la hora del almuerzo hay que pedir comida. Hay pocas mesas y si una está ocupada con una cerveza…

 

–No es correcto. Esta mesa está ocupada con una cerveza, tus verduras y un arroz. ¿Y tú no pides bebida?

 

–Agua.

 

–Deberías saber que lo habitual es que una mesa gane más con el beneficio del alcohol que el que genera la comida.

 

–Ya, pero hay una chef trabajando.

 

–Un chef –curiosamente era tom boy.  

 

–Ya, alguien local que ha aprendido una profesión.

 

–Mira, he cocinado casi toda mi vida y por una botella de vino ganas más que por cuatro comensales comiendo y, además, trabajas una décima parte del tiempo que emplearías en cocinar para cuatro. 

 

 

Ya no hablamos más. Salvo para despedirnos –en Luxemburgo están muy bien educados– y para que me contestara, por mi curiosidad, a su nacionalidad. Que me quedé con las ganas de preguntarle cómo era posible que recorriera el mundo, hasta los confines del mismo, para tratar de dar lecciones a europeos como ella, por muy del sur que fueran. 

 

Pero debe saberse que la malcriada Europa, desesperante en su burocracia, fascismo progre y causa común inviolable que jamás puedes poner en duda, recorre el mundo con tarjetas de crédito y ropas de marca tratando de decir, a los que no nos recogemos el pelo, leemos poemas en voz alta y bebemos a la hora del almuerzo, lo que tenemos que hacer cuando justo a tres calles, varios locales jugaban descalzos y allí nadie, ni de Luxemburgo ni de Bratislava, les estaba enmendando la plana.

 

Cuando se fue me pedí un curry. Sólo por joder. 


(Publicado en El Imparcial el 24/12/23)

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