Novelas

 

Dos semanas han bastado. Dos míseras semanas, que en el transcurso de una vida son dos granos de arena en medio de un desierto gigantesco, para sentirme como no lo había hecho en años. Quiero ponerles en antecedentes: vivo de prestado, no trabajo, escribo reportajes que parecen no interesar a la inmensa mayoría de medios, y Bali no es el lugar de mis sueños aunque ya haya divisado algunas zonas que podrían ser suficientes de aquí a mi óbito. 

 

Y sin dinero en los bolsillos, a sumar la altiva incertidumbre de estar a solas –una de las claves absolutas para que yo rompa mi velocidad del sonido–, me puse a retomar la novela que imagino se publicará tras Avenida, cuando ésta saldrá a la venta a principios de 2024, la cual escribí durante aquellos prodigiosos siete meses en la isla de Brava, incomunicado del mundo, allí donde sí encontré regazo en cada kilómetro cuadrado, además de durante los primeros meses en Bali, cuando aún no tenía claro ni para qué había venido ni cuánto iba a durar por estos lares. 

 

Pues bien, en casa de mi suegra, sin mi pareja, en una mesa impostada que en realidad es una encimera de cocina, y sobre una silla que cojeaba, entablé la mejor relación de mi historia reciente con mi literatura, que déjate tú de comienzos de mis primeras memorias, de la producción constante de los ya terceros diarios, de algunos poemas que se me vuelven a caer, y de revisiones de obras además de redacciones varias sin destinos claros. Porque regresar a aquella novela que ya palidecía, temeroso de haberla dado por muerta, me ha generado una sobredosis de felicidad, que para cuando caiga en una severa depresión, viva en la calle o me metan en un centro de acogida, o directamente me tiren a la boca del metro cuando el invierno arrecie, me valdrán para saber que el único tratamiento que jamás prescribe y siempre necesito es escribir proyectos numantinos: aquellos que no se garabatean en una sola tarde, exactamente como esta columna que ahora son ustedes los que se la traen entre manos.

 

Y que conste que leyendo a Bolaño, Thoreau, León Felipe y Ganivet, durante horas estratosféricas que me sacaron de la nimiedad diaria, no albergué tanto placer como el que me generó releer, y sobre todo, volver a escribir, la siguiente novela a la que aún le queda algo menos de la mitad de lo ya escrito para darla por finalizada. Y para que entiendan la sobredosis de placer, tras dos semanas orgásmicas decidí detenerme para evitar infartos y, sobre todo, alejamientos absolutos de lo cotidiano, y volver a leer: otro placer incuestionable, pero que como ver porno, no alcanza el nivel de la propia satisfacción. 

 

Y para muestra este otro botón: cuando me quise dar cuenta no había escrito ni la columna que ahora leen porque nada era más necesario que continuar aquel magno proyecto.


(Publicado en El Imparcial el 04/12/23) 

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